Aunque pueda parecer una palabra fuerte, odio a demasiada gente. Lo uso en el sentido de “no soporto…”, pero suena más potente decir que odio. Y es que supongo que desgraciadamente es muy difícil que alguien me caiga bien: no me gusta la gente que es muy aburrida, que no escucha a los demás cuando hablan, que van demasiado lanzados y los que nunca acaban de coger confianza, que desprecia a los demás por su forma de ser, que no respeta a los demás en todos los sentidos – desde ponerse la música a todo volumen hasta escupir en el suelo, pasando por no lavarse -, que son egocéntricos, que van muy de sabihondos o que no saben nada de nada, que son muy lentos tanto en movimientos como en pensar, los chulitos, los creídos… Y millones de adjetivos más. Sé que yo tendré muchos defectos –de algunos ya hablaré algún día para que me pongáis a parir a gusto- y parece ser que uno de ellos es este, el no soportar a nadie, pero sobre todo hay dos cosas que no me gustan nada.
En el puesto número dos de las personas insoportables están los cotillas. Y ya no me refiero al que le cuenta a aquel que el otro se ha ido de viaje a la otra punta, sino los que critican cuando comentan y, mucho peor, los que “adornan” la historia con detalles más espectaculares. Algunos no se conforman con eso, primero preguntan al protagonista toda la trama y luego la airean, no sin antes improvisar durante la marcha partes que luego irán degenerando más y más, hasta que lo que empezó en Barcelona comprando unos zapatos que no encontrabas acabó en Sevilla motándole un pollo a la dependienta y poniendo la tienda patas arriba. Y yo me pregunto si la vida de estas personas es tan aburrida como para inventar cuentos, y si otras personas hablaran de ellos les haría la misma gracia.
Eso si, la medalla de oro se la llevan… Las personas que se hacen las graciosas y no lo son. Esas que para llenar los vacíos cuentan chistes, imitan personajes, hacen ruiditos y en general, molestan. Me gusta mucho reír, hacer el payaso –porque tengo mis momentos como todos-, y que en una conversación se oigan frases ocurrentes y anécdotas graciosas, pero no que cada palabra tenga la obligación de hacer reír, porque es entonces donde pierde la gracia.
Podría seguir criticando más, y que conste que no lo hago a espaldas de nadie porque si se lo tengo que decir a alguien no me callaré, pero parece que siempre me estoy quejando y no –claaaaaaaro que no- así que aquí lo dejó, tomad apuntes, nenes x_DDDDD.
